Este año la navidad me cayó totalmente de golpe. De repente mi marido me preguntó cuánto iba a gastar en regalos, y yo mmm, ¿cuáles regalos? No, que los de Navidad, y yo mmmm pensando que estábamos como en octubre, y nada, que falta algo así como una semana y yo no tengo regalos, no tengo ganas, no tengo la felicidad que siempre me invade en estas fechas. Lo único que me había hecho ilusión era poner un pino con esferas y un nacimiento, a sabiendas de que los borregos y los reyes magos terminarían heréticamente en el hocico de mis gatas y que tanto mi madre como mi suegra, cristianas evangélicas, se escandalizarían. Era lo único que me entusiasmaba, no que mi madre y mi suegra se enojaran y oraran con más fervor por mí, sino recrear uno de esos paisajes que mi abuela paterna (católica hasta los huesos, hasta que la virgen no le pudo hacer un milagro y entonces se pasó para el lado en el que ya no se hacen nacimientos) armaba: un niño Dios de medio metro de largo, y una María de 20 cm, un nacimiento con piezas parchadas, retocadas, viejas, descarapeladas, pero original y vistoso. Totalmente kisht.
Me entusiasmaba visualizar a mi gata la chiquilla colgada de las ramas más altas del pino, sabiendo que, de un momento al otro, el árbol saldría rodando. Me entusiasmaba comprarlo y olerlo, empezar a adornarlo, aunque terminara con las esferas en el piso por culpa de las gatas. Y de repente, tómala, que los vecinos ponen un pino en su casa, y que me caen mal por pinches copiones, y que se me quitan las ganas de hacer nada.
Ya sé, ya sé, van a decir que la navidad no es un pino, que la navidad no es un nacimiento ni son los regalos, que es el espíritu de compartir y bla bla bla. Pero estoy cansada, tengo sueño, no me meteré el día de mañana ni pasado a tiendas atascadas de gente haciendo compras compulsivas. Tengo ánimo de dormir, y sólo eso, dormir en la casa de mi mamá. Sin pinos (porque los cristianos -algunos- sí ponen pino, pero como ya no hay niños en la casa de mi mamá, ya no pone) ni mucho menos nacimientos, dejar la bota de fieltro que me hizo hace unos 25 años colgada en la ventana y que la llene de cacahuates o de dulces. No quiero más regalos. Dormir, mis dulces, que me haga capirotada como siempre que voy, aunque no sea época, y también que me haga gorditas de harina. Y volver a dormirme. Tengo tanto, tanto sueño, que creo que me pasará inadvertida la navidad.
La coca-cola del olvido o el guarapo de la nostalgia
Hace 8 minutos


